El 14 de noviembre de 2017 escribí “¿cómo es volar por primera vez a Europa?”, el artículo cuenta cómo me enteré de que había ganado una beca para irme a estudiar mi último semestre de periodismo a España, exactamente en Valladolid. 

Valladolid es una ciudad al noroeste de España, cercana a Madrid. En una hora en tren o tres en colectivo podes irte de tapas por la capital española. Tiene 520.836 habitantes y su equipo “Real Valladolid Club de Fútbol” en 2018 ascendió a la Primera División. 

En esta ciudad española murió Cristóbal Colón, Cervantes terminó de escribir el Quijote y a mí me acusaron de haber robado. Que cosa horrible es que te acusen de un hecho que no cometiste. Es como cuando estás en pareja y te celan sin sentido pero cien veces peor.

Tanto host family, compañeros de piso como la persona que te toca a lado en un viaje en colectivo es cuestión de suerte, no hay mucho más. Te puede tocar gente realmente increíble con la que te haces amiga y sentís que de repente se ganaron un lugar en tu casa para cuando visiten tu ciudad o, en el peor de los casos, te tocan personas que no fueron al jardín de infantes, es decir que no saben compartir, ayudar, ni aceptar.

En los viajes no todo es color de rosas y a veces, por más feliz que estés por haber logrado llegar a “eso” que parecía imposible, te topas con gente que la verdad no suma, que te la complica y te hace sentir un poco fuera de eje. Sin embargo, esas mismas personas son las que te hacen mirar a tu alrededor y ver todas las otras que te ayudan, te sonríen y te quieren.IMG_5993

Las calles de Valladolid tienen nombres como “Calle de las Angustias”, “Calle Flores”, “Calle de Panaderos”, “Calle Salud”, “Calle Urraca”, “Calle Niña Guapa”. A mí me tocó vivir en Calle Perfección, todo parece indicar que todo marcharía bien. Obvio, perfección significa “cualidad de lo que es perfecto”. ¿Qué podría salir mal no?.

Sin embargo, vivir en Calle Perfección no era nada perfecto. Compartía piso con una alemana que al principio me hablaba simpática pero después digamos que no le caía muy bien nada; con una italiana, que era más rara que mi host family fallida de Brasil, y a quién un día encontré en mi habitación revisando mis cosas; y con una francesa que al principio no hablábamos mucho pero que después nos llevamos bien, sobretodo después de que la italiana en conjunto con la alemana me acusarán sin sentido por algo que no había hecho.

Cada una tenía su propia habitación. Yo llegué primero al piso, por lo tanto,  pude elegir la habitación que quería. Elegí la última, la que quedaba pasando la cocina, la pieza 1 (de la francesa), la pieza de 2 (de la italiana), el baño, la pieza 3 (de la alemana) y el living-comedor. La dueña del piso era muy buena, nos había armado un calendario de limpieza y nos dijo que las habitaciones no tenían llave porque no eran necesarias. Y así fue hasta que encontré a la italiana en mi habitación y fue necesario poner llave.

La misma persona (la italiana) que un día, mientras yo hacía dos días que no estaba porque me había agarrado una inflamación en el oído y en la garganta, tenía mucha fiebre y mi amiga mexicana me tenía en su piso cuidándome, entró a mi habitación a los gritos diciendo que le había robado. ¿Cómo puede robar alguien que ni siquiera está en el piso?, no sé, la verdad hasta el día de hoy me sigo preguntando. En ese momento recuerdo perfectamente lo que sentí: me sentí discriminada, sentí que por no ser europea me culpaban sin ni siquiera tener pruebas y obvio, sin ni siquiera haber estado en el piso.

Lloré pero estaba rodeada de otra gente, de muchos amigos que me demostraban que no era mi culpa. De Majo, mi amiga de México, que me acompañó al hospital y me secaba las lágrimas de desesperación mientras el suero pasaba. O Agustina (argentina) y Clara (italiana) que me cuidaban mientras Majo no podía e intentaban hacerme sentir bien.

De Arturo (mexicano) y su mensaje diciendo que me prestaba plata para que pudiera ir a un viaje que tenía planeado a Londres cuando me bloquearon la tarjeta. De los mates en el piso de Juan (argentino), las tortas fritas o nuestro viaje a Segovia porque nevaba. De Hendrik (alemán),  sus chistes, sus preguntas y sus bailes. De Paul (alemán), su inteligencia, sus ensayos de la universidad y su capacidad para hablar varios idiomas. Y de Paul y Hendrik, el día que los conocí y nos divertimos toda la noche diciendo que yo también era alemana. 

De Alessia (italiana), su humor negro que hacía reír a todos y del día que nos cocinó pasta después de ir de fiesta. De Fabio y las charlas en San Sebastián sobre la vida. De las Andreas, mis amigos italianos a los que los llamaba en femenino porque no me acostumbraba a que su nombre fuera Andrea. Cynthia, mi amiga mexicana, que dibuja precioso y con quien recorrimos Portugal. Yahir (mexicano), sus tragos, las noches de karaoke y su audio cantando las mañanitas para mi cumpleaños. Camille, mi amigo francés, más bueno y divertido de todos.

Las fiestas en el piso de Paul y Yahir en Calle Correo. Chiara, Solène y Francesca, el trío inseparable. Las chicas de la facultad, y que por cierto, confieso que había una materia en la que nos hacían ver cine en blanco y negro, no me gustaba para nada,no me servía porque ya la había cursado en Argentina, pero sólo iba para verlas, charlar y conocerlas un poquito más. 

Y mis amigas españolas con las que viví mis primeros días antes de conocer al grupo de Erasmus, las que me convidaron sangría, me llevaron a recitales en la semana de las Fiestas de Valladolid y que la última semana me llevaron a comer croquetas porque no me podía ir sin haberlas probado.

Todo eso y más, más y más. Estaba rodeada de gente maravillosa. No importaba que en el piso, dos me hayan hecho sentir mal, porque afuera me esperan todos ellos para hacer un botellón, irnos de fiesta, compartir un viaje, jugar a un “yo nunca” o hablar de la vida. Y así es viajar, es aprender a ver que lo bueno siempre le gana a lo malo. Mi casa, no importa donde esté siempre tendrá las puertas abiertas para mis amigos, para abrazarnos y recordar mi falso Erasmus viviendo en Calle Perfección.