Estoy en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Me tomo un colectivo hasta la estación de tren. De ahí un tren hasta Retiro y después otro cole hasta la embajada. Hoy tengo que hacer la visa de India. Me quedan todavía unos minutos  para llegar y aprovecho a escribir.

Ayer volví a ver a mis tíos, Ani de 77 años y Tito de 82 años. Bueno, en realidad no son mis tíos sino que el parentesco es más rebuscado pero mejor dejémoslo como que son mis tíos.

Nos sentamos a tomar mates y mientras tanto, las preguntas iban surgiendo ¿cómo te manejas sola?, ¿qué país te gustó más?, ¿cómo haces para viajar?. Todo con un interés y un respeto excepcional. Las respuestas casi siempre son las misma.

1- Viajar sola en Argentina o estar en otro país no importa porque la metodología es la misma: investigar antes y preguntar en el lugar a la gente local. Tener cuidado, cuidarse.

2- El país que más me gustó es difícil decirlo porque cada uno tiene algo que me enamoró: su gente, su comida, sus costumbres. Por el momento y sólo por el momento, puedo decir que me encanta la ciudad de Barcelona por sobre el resto, pero seguramente en un año ese lugar puede cambiar.

3- Cada viaje es distinto y por lo tanto la manera de encararlo también. Para mi primer voluntariado a Brasil trabajé, ahorre y me fui. Para el intercambio con la facultad en España me gané una beca y traslade mis gastos de Rosario a Valladolid. Y así, pero si hay algo que une a todos es la decisión de emprender un viaje, ahorrar y hacer todo lo que sea necesario para lograrlo.

A la noche a la hora de la cena mi tío se emocionó y me dijo que admiraba mi fuerza, mi coraje, mi decisión. Seguimos hablando de lo que hice, de cómo me fui transformando y de lo feliz que soy así. Le contaba de mis charlas en el desierto, en la isla de Colombia, en la ONG de Brasil y también las cosas malas que me pasaron para fortalecerme.

Mi mamá contaba que en el pueblo le preguntan si no tiene miedo de dejarme ir. Ella con la cara de orgullo más grande que yo vi les responde «obvio que tengo miedo, pero no le voy a cortar las alas, ella (osea yo) tiene que hacer lo que le hace feliz y a ella le hace feliz viajar». Sonreí mi mamá y mi tío tiene los ojos llorosos.

Por dentro pienso en lo diferente que fuimos criados, en la forma de ver el mundo totalmente de otra manera, en sus más de 50 años de casados, en su vida juntos y en la locura que suena que una mujer de 24 años se vaya a recorrer el mundo. Sin embargo, la empatía que tienen hacía mi historia, el demostrarle todo lo que aprendí durante mis viajes, el contarle que voy en busca de ejercer el periodismo de manera libre, de meterme en el lugar para poder contarlo y del cariño que me tienen hace que ellos no dejen de decirme lo orgullos que están y eso a mi me llena el alma.

Mientras escribo el viaje se hace más corto. Cuando me doy cuenta tengo que dejar la libreta y prepararme para bajar del tren. Los trámites en la embajada son en cuestión de segundos, me toca esperar hasta el lunes para buscar mi visa.

Me quedan unos días para seguir escuchando historias de cuando mi mamá era chica, de mis parientes y sobretodo de cómo dos personas pasan más de 50 años juntos como diría mi tío «en las buenas, en las malas estábamos los dos».